Gracias, una simple palabra pero de profundo significado, que desborda hoy el concepto impreso en el diccionario y refleja el sentir del común de los peruanos con el plantel y cuerpo técnico de la selección peruana de fútbol Sub-17 que clasificó al mundial de la categoría a realizarse en Corea del Sur en agosto próximo.
Poco más de un mes ha pasado desde que Juan José Oré y su equipo se fueron a Ecuador solo con los buenos deseos de sus seres más queridos, pero que en el país vecino, lejos de su patria y su familia, se hicieron fuertes, creyeron en sus posibilidades y nos brindaron una de las más grandes alegrías que ha tenido el hincha blanquirrojo en los últimos 25 años.
Y es que la selección de Oré no solo jugó con sus rivales dentro del campo, sino la lucha fue aun más difícil fuera de ella, afrontando un escaso interés dirigencial en la previa (llegó al país vecino del norte con poco roce internacional), soportando un ritmo de competencia que escapa a toda lógica del esfuerzo humano, con cambios de sede por caprichos locales y malos arbitrajes en algunos partidos.
Y a pesar de todos los inconvenientes, el cuadro nacional se comportó como un verdadero equipo, donde titulares y suplentes formaron parte de un solo engranaje, en el cual cada uno era tan importante como el otro, y donde todos empujaban el coche –con una actitud y decisión, hasta hoy, desconocida en el fútbol peruano- hacia un objetivo que sólo ellos –nadie más- creían posible: estar en el Mundial.
Desde un principio Perú mostró ser un conjunto con mucha personalidad y rebelde a su historia, la cual le condenaba a una rápida eliminación. Los “Jotitas”, como fueron ‘bautizados’ por la prensa, nunca aceptaron la pesada carga de los malos resultados de sus antecesores, y escribieron el primer capítulo de su propia historia, aquella que también acuñamos como nuestra, y que algún día compartiremos a nuestros hijos.
En el plantel de Oré destacan algunos jugadores más que interesantes, que todavía tienen mucho que aprender, pero que vislumbran un gran futuro futbolístico, como son el caso de Hermoza, Duarte, La Torre, Sánchez, Correa e indiscutiblemente Reimond Manco.
Este último fue considerado como la estrella del Sudamericano, y a pesar de su corta edad, demuestra ser un niño muy maduro, humilde y que tiene las cosas claras con respecto a su futuro: simplemente quiere ser el mejor.
Espero que cada uno de estos chicos no se dejen llevar por su repentina vida pública y siempre tengan los pies bien puestos sobre la tierra, que no se mareen con tanto elogio –bien ganados por cierto- y mantengan siempre la humildad, aquella que pregonaron durante el Sudamericano y que les puede llevar muy lejos en la vida, tanto como deportista y más aún como gente.
Muchachos, esto recién es el comienzo. Tienen una vida por delante llena de retos, los cuales podrán superar solo con disciplina y dedicación. La vida del futbolista es corta y de ustedes depende que la carrera que eligieron les brinde réditos al final del mismo, y puedan llegar a ser grandes jugadores, y no quedarse sólo en prospectos.
A mi edad, tengo actualmente 29 años, tengo vagos recuerdos de aquellos grandes jugadores que deslumbraron a propios y extraños en la década de los 70’s y principios de los 80’s, y también son casi nulas mis vivencias de la clasificación y participación en el Mundial de España en 1982.
Es por ello, que esta clasificación a Corea del Sur es más que especial, pues es la primera vez que vivo lo que es “sentirse mundialista”, sentimiento, que estoy seguro, es compartida por mucha gente de mi generación.
Un amigo, ajeno al fútbol, me comentaba que no entendía la emoción de la gente, y que le costaba creer tanta alegría por la clasificación. Y es que realmente es difícil de explicarlo, simplemente es un sentimiento –reprimido por tanto tiempo- que sale a flote con una fuerza contagiante.
¿Se imaginan la locura que sería ser parte de un mundial de mayores? Simplemente imaginarlo, ya es una locura.
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